¿Patinamos porque queremos o porque sentimos que debemos?
2026 fue el primer año en que asistí a la Rodada del Sol: un recorrido en patines de 55 kilómetros que, para muchos, representa un logro máximo dentro de la comunidad. Para mí, en cambio, fue simplemente un viaje más. Sin victorias, sin derrotas. Solo un viaje.
La Ruta del Sol inicia en el Zócalo de la Ciudad de México y termina cerca de las pirámides de Teotihuacán. Si conoces ese trayecto, sabes lo que implica recorrerlo en coche o autobús. Ahora imagínalo sobre ruedas, pero sin motor: un sol que castiga, un camino que desgasta, subidas que agotan y un clima que seca hasta el ánimo. No es para cualquiera; solo los más experimentados —y, sobre todo, los más obstinados— logran completarlo.
¿Y por qué hacerlo? Esa es la pregunta que me llevó a escribir esto.
En mi caso, decidí intentar la Ruta del Sol por simple curiosidad: por diversión, por documentar la experiencia, por entender qué es lo que tanto atrae a otros. Y aunque puedo comprender que para algunos sea una experiencia deportiva, cultural o social, para otros parece convertirse en una demostración constante: “puedo hacerlo”, “soy fuerte”, “no me rindo”.
Pero, ¿a quién va dirigida realmente esa demostración?
Dado lo exigente del recorrido, existen “barredoras”: vehículos que acompañan al contingente y permiten a los patinadores subir si necesitan descansar. Para mí, esto no solo es necesario, sino saludable. Reconocer el cansancio, prevenir lesiones o aceptar que no puedes completar los 55 kilómetros sin detenerte no es una debilidad; es sentido común. No hay nada que demostrarle a nadie.
O quizá sí… a uno mismo.
Esa ha sido la única respuesta que, hasta ahora, tiene sentido para mí. Porque, sinceramente, ¿por qué habría de demostrar algo a los demás? No me conocen, su opinión no define mi valor y su aprobación no cambia nada en lo que soy o en lo que hago.
Y aun así, surge otra pregunta: ¿cuánto necesitamos lograr para demostrarnos algo a nosotros mismos?
No pretendo dictar estándares. Pero sí puedo compartir lo que observé en muchos compañeros patinadores. Durante la rodada escuché frases como: “Hicieron trampa, se subieron a la barredora” o “No puedo subirme, no puedo descansar”. Comentarios que, más que motivadores, resultan preocupantes.
¿No puedes o no quieres?
¿Por qué cuestionar la necesidad de descansar?
La respuesta más evidente es el ego. Ese impulso que nos exige probar —a nosotros o a otros— que somos imparables, que no nos cansamos, que podemos con todo. Como si detenernos, respirar o aceptar límites pusiera en duda nuestro valor.
¿Yo me subí a las barredoras?
Por supuesto.
Y no importa si el próximo año llego más preparado: lo volveré a hacer si lo necesito. Porque no soy imparable. Soy decidido, sí. Fuerte, también. Pero no invencible, y mucho menos ajeno al cuidado propio.
Recorrí aproximadamente 32 kilómetros. Y eso no me hace ni más ni menos: ni como patinador, ni como persona. Me hace un ser humano capaz de muchas cosas, como haber recorrido esos 32 kilómetros, en esas circunstancias, a mis 30 años, por primera vez.
Sé que habrán retractores que se echen frases como "Te falta compromiso", "Ellos sí se comprometen con el deporte", "Eres flojo, no te preparas lo suficiente", entre otras joyitas de la gente con ego fragil. A esas personas les deseo amor propio, terapia y que no le enseñen nunca a otra persona su forma de vida sustentando en chantaje emocional a uno mismo.
No puedo esperar al próximo año. Rumbo a Teotihuacán 2027. Allá nos veremos.
